martes 24 de junio de 2008

X. Víctimas y verdugos.

Mi madre me pegaba y dejé a mi primer novio porque tenía la nariz grande y mis amigas se rieron de mi. Mis amigas de entonces y mi madre de siempre eran muy parecidas entre si aunque tenían un estilo diferente.

En el instituto conocí a Santi, que los domingos me metía mano en los soportales de su barrio después de hacerme beber tanta cerveza como pudiera soportar. Cuando llegaba de vuelta a mi casa me cambiaba las bragas ensangrentadas y las lavaba a mano para que nadie se diese cuenta de lo que habia pasado.

Nunca disfruté nada bueno que no fuera robado de uno u otro modo y nada de lo malo que tuve me correspondió realmente. Todo estaba hecho para otros y jamás consideré que yo podía estar al otro lado.

Cuando ataba los perros de mi vida con longanizas de calma, me dejaba llevar y pensaba que lo peor había ocurrido ya.

Y entonces llegó el trabajo de mierda y con el las prisas de mierda, vacaciones de mierda, sueldo de mierda...

Y empecé a atar esos perros con la cuerda marrón maloliente que se deshacia salpicando y dejándolo todo repugnantemente sucio.

Sobreviví poniéndome mucho perfume. Exquisito Nu de Ives Saint Laurent que huele a canela y almizcle, a sexo del bueno, a cena contigo bebiendo un buen Protos y dejando que escojas por mi.

Sobreviví gracias a mis tacones y a que me mirabas mientras caminaba delante tuya, a que me abofeteabas para luego besarme, a que te excitaba mi dolor y yo tenía tanto de eso que no podías dejar de follarme.

Sobreviví escondiendo la cabeza debajo de la almohada y durmiendo más de lo necesario, vaciando botellas y drogando todos mis sueños.

Sobreviví porque conté tantas mentiras que un día al levantarme descubrí que la verdad se lo estaba llevado todo.

Sobreviví escogiendo ser una víctima aunque yo fuera mi único verdugo.

viernes 9 de mayo de 2008

IX. Paz en el mundo.

La primera vez que alguien me besó estábamos sentados frente a un televisor que emitía una corrida de toros. Hay recuerdos que parecen premociones. También hay frases que parecen paradojas.

Se llamaba JuanMi, como los chicos de antes, y era rubio de pelo fosco y cabeza grande. Yo era bastante bonita pese a las gafas y más soñadora que realista, asi que, cuando él me las quitó y metió su mano entre el sujetador y mi piel supe que no teníamos nada que hacer.

Es increíble como cambian las cosas. En un rango de edad que considero aceptable en relación a la mia sería capaz de follarme a practicamente el 80% de personas que encierre la purga. Excluyo a los/as muy gordos, personas a las que le falte algún pedazo de cuerpo, gente sin sentido de la higiene corporal y dental y muy peludos/as en general.

Si embargo, cuando tenia trece años era capaz de ofenderme porque me tocaran una teta.

A veces voy drogada a trabajar.

Ya sabes, cosas normales, de esas que receta el médico, nada serio. O si desde que en la farmacia te piden y anotan el DNI para comprarte las recetas.

El caso es que desayuno, como y ceno amitriptilina, isapirona, paroxetina, bupropion, fluoxetina, diazepam, lorazepam, alprazolam y unas cuantas mierdas más terminadas en am. Mi botiquín podría hacer real el deseo de casi todas las Misses; la paz en el mundo.

Y cuando el dia ha sido duro, o la noche, o los últimos 20 años... me tomo un reconstiyente con una copa de ginebra y en menos de treinta minutos estoy caminando entre algodón y anuncios de compresas.

Es entonces cuando puedo recordar con total claridad como un tipo llamado Paco Ojeda, cuya profesión era torturar y matar animales, daba la vuelta al ruedo en una plaza de toros desconocida con una oreja negra en la mano. Y mientras el sonido de fondo eran miles de personas aplaudiendo, algo húmedo y cálido se apoyó en mis labios. Y permaneció allí unos segundos que duraron horas mientras yo me acaloraba por algo más que la temperatura templada de mayo.

Y al separarse de mi, yo, que por entonces podía vagar entre las nubes y soñar ilimitadamente sin la ayuda de mis amigas las de la paz en el mundo, pensé que sería para siempre.

Si, es entonces, cuando camino con la misma pesadez que si estuviera sumergida en una enorme piscina, cuando siento con idéntica precisión que si acabara de ocurrir, la mano fría que dejando su rastro en mi escote aprisionó mi pecho y liberó mi cándida ingenuidad.

Algo tan pequeño, algo tan grande. Algo tan adulto, algo tan infantil. La paz en el mundo.
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